El cine

Creer que cualquier tiempo pasado fue mejor que el presente suele ser síntoma de que se acerca la vejez (al menos mental), por eso trato de ahuyentar ese pensamiento que me asalta cada vez con más frecuencia. Aunque el esfuerzo que tengo que hacer tampoco es demasiado grande, es evidente que en España se vive hoy mucho mejor que cuando yo era joven.
Una de las cosas terriblemente malas de mis años mozos era el cine. Salvo contadísimas excepciones las películas que aquí se hacían eran horrorosas y las que llegaban de otro países estaban mutiladas por la censura, tan mutiladas que en ocasiones resultaban ininteligibles. Claro ejemplo de esto que digo fue lo que ocurrió con “Mogambo”: con el fin de evitar que apareciera una relación adúltera acabaron dejando entrever una relación incestuosa… Sin embargo los sentimientos que provocaba lo que ocurría en la pantalla tiene muy poco que ver con lo que sucede actualmente. El cine era más que un espectáculo, formaba parte de la misma vida, una parte agradable de aquella vida tan desagradable, por eso se contemplaba con pasión, por eso se llamaba al cine “la fábrica de sueños”.
Quizás la máxima expresión de este fenómeno fueran las “sesiones de infantil” de los domingos por la mañana: las enormes salas de entonces se llenaba de una chiquillería que gritaba, pataleaba y aplaudía al ritmo que marcaba la acción de la película, hasta alcanzar la apoteosis final en el momento en que el “mocín” llegaba al rescate de la “mocina”, cosa que casi siempre ocurría segundos antes de que el malo consiguiera su objetivo. El beso que se daban después de tan heroica acción teníamos que imaginarlo, lo habían cortada quienes velaban por nuestra integridad moral.
Pero el sueño no se acababa al salir de sala: durante toda la semana la película se recreaba en las conversaciones y en los juegos (“¡Vosotros sois los malo! ¡Nosotros los buenos!”), poco a poco la historia se iba modificando para adaptarla a las características de la pandilla y al paisaje del barrio… hasta convertir el sueño en realidad.
¡Y el domingo volvíamos al cine! Esta vez echaban una de romanos, ¡en Cinemascope!, el último invento de los americanos.
Está claro que cualquier tiempo pasado no fue mejor pero, al menos, soñábamos de otra manera.

DEDICADO a mi hija Elena a la que, siendo muy pequeña, llevé a ver “Dartacán y los tres mosqueperros“. Fue la única vez en mi vida que me dormí en el cine.

Published in: on 02/06/2009 at 9:21 PM  Comments (2)  
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