Máquinas

Central Las Nieves


Arturo Barea, en La forja de un rebelde, cuenta como en su primera visita a la Casa del Pueblo presenció una reunión de tipógrafos que debatían sobre si ir o no a la huelga. Al final de la discusión un exaltado se levantó y dijo que había que pasar a la acción directa: cargarse unos cuantos patronos y prender fuego a los talleres. Otro se opuso radicalmente, añadiendo que de romper las máquinas nada, las máquinas eran de los trabajadores, son sagradas, y acabó gritando que como él viera a cualquiera romper su Minerva ¡le machacaba los sesos!

Quizás ese amor a las máquinas, el considerarlas como algo propio y no del patrón, aunque las haya pagado, tenga mucho que ver con lo que dio en llamarse orgullo de clase, un orgullo basado en el convencimiento de que los trabajadores, con SUS máquinas y herramientas, eran los actores principales e imprescindibles en el proceso de creación de bienes y, por tanto, el motor del desarrollo.

En cierta ocasión escuché decir a un empresario que los obreros asturianos, a lo largo de la historia, dinamitaron iglesias, conventos y cuarteles, pero jamás permitieron que la galería de una mina se hundiera o un horno alto se “emburricase” por falta de mantenimiento. Lo curioso del caso es que el empresario le decía esto, casi con orgullo propio, a un colega suyo madrileño que criticaba la alta conflictividad laboral de Asturias.

Pero hoy las cosas han cambiado mucho. En esta sociedad de lo desechable, del usar y tirar, las máquinas sólo tienen un valor inmediato, muy corto en el tiempo, porque ya no se trata de producir útiles, cosas que permitan a las personas vivir mejor. Sólo se produce para vender, no importa su utilidad sino el beneficio económico instantáneo. Por eso hoy las máquinas y las instalaciones ya no precisan mantenimiento, no se pueden reparar ni perfeccionar. Ya no interesa, no es rentable.

Pero también las personas son desechables, también los trabajadores de hoy son “a corto plazo”. Su utilidad, como la de las máquinas, es momentánea, tiene que responder y adaptarse, no a la innovación, sino a “las necesidades del consumo”. Unas necesidades también cortoplacistas, creadas, fomentadas y liquidadas por los mismos que después tratarán de saciarlas.

Quizás hoy al tipógrafo de La forja de un rebelde no le interesara demasiado lo que pudiera ocurrirle a su Minerva, quizás, enmascarado tras una pantalla, no supiera tan siquiera como era, como funcionaba, y difícilmente se puede amar lo que no se conoce. Quizás fuera un trabajador precario: hoy tipógrafo, mañana… dios sabe qué.

Published in: on 01/09/2009 at 11:02 AM  Comentarios desactivados en Máquinas  
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