José Luís López Bulla despide a Ángel Rozas

Angel_Rozas

Despedida de Ángel Rozas en el Salón de Actos de CC.OO. de Catalunya.


José Luís López Bulla

El filósofo inglés George Edward Moore afirmó: “antes de construir grandes sistemas, asegurémonos de qué están hechos los ladrillos”. No consta en lugar alguno que la generación fundadora de Comisiones Obreras, en los primeros andares de aquello, conocieran dicha cita. Pero, sin lugar a dudas, Ángel Rozas, Cipriano García, Josep Cervera, Luís Romero, Ángel Abad, Martí Bernasach, Agustí Prats, Tito Márquez y otros muchos sabían que lo que estaban poniendo en marcha eran buenos materiales, que los ladrillos de aquella arquitectura eran sólidos. Dígase con naturalidad, sin altanería: tal vez Comisiones fue la construcción sociopolítica más original en aquellos tiempos del antifranquismo. Obra de aquella generación de la que Luís Cernuda, poeta muy estimado por Ángel, hubiera podido decir que como “testigos irrefutables de toda la nobleza humana no fuisteis uno. Fuisteis muchos”.
Aquellos materiales resistentes eran la construcción de un nuevo movimiento sindical, las libertades democráticas, la defensa y promoción de los derechos de los trabajadores y sus familias. A esa gigantesca tarea –que ellos lo hicieron con naturalidad, sin aspavientos— dedicó nuestro Ángel Rozas prácticamente toda su vida. Cosa que hizo desde el sindicalismo y desde el comunismo de los sueños, no el de las pesadillas, según dijo nuestro Manuel Vázquez Montalbán del amigo inseparable de Ángel, Cipriano García.
Ángel fue uno de esos autodidactas que tanto han distinguido al movimiento sindical catalán. Él mismo acostumbraba a decir que “había aprendido a leer a la luz del farol de la esquina”, y no era ciertamente una metáfora. Fue un hombre sabio, forjado en la universidad de la fábrica, la calle y la prisión: un considerable almacén de saberes empíricos, que distinguían a nuestro prestigioso amigo y compañero. Posiblemente la persona más querida de nuestro sindicato.
Igual prestigio tenía en el sindicalismo europeo. Yo he sido testigo de la admiración que le tenían dirigentes como Luciano Lama, Bruno Trentin y Georges Séguy. Pero, sin duda, lo que más apreciaba fue el afecto que le tenían los jóvenes de Comisiones Obreras de Catalunya. La escuela de formación de estos nuevos sindicalistas lleva su nombre.
Me es difícil, como he dicho antes, hablar de nuestro Ángel. Él y su compañera, Carmen Jiménez Tonietti, me trataron como un hijo. Carmen fue una de las mujeres que, a lo largo del franquismo, visitaba cada mes a los presos llevándoles paquetes de comida y el apoyo moral. A ella va también mi emocionado recuerdo. Parece que les estoy viendo en aquel lejano 11 de septiembre de 1967 en el caos de aquella manifestación, de bracete los dos, zarandeados por la policía. Todos los detenidos fueron trabajadores. La mesocracia, temerosa, no pasó del entresuelo; hoy, no pocos de ellos, se disfrazan de septiembre para no infundir las sospechas de su larga siesta bajo el franquismo.
Queridos amigos y queridas amigas, después de Ángel Rozas, ¿qué? Muy fácil, los materiales –ciertamente renovados– que hicieron posible la construcción del sistema-Comisiones Obreras: este es el mejor homenaje a nuestro compañero, que fue simultáneamente serio y guasón, paciente e inquieto. Y, como diría Thomas Mann: un hombre de gran formato.

Publicado en “Metiendo bulla”.

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Published in: on 05/06/2010 at 9:40 AM  Comments (2)  
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2 comentarios

  1. Gracias, vijo amigo. Por cierto, me ha dicho un pajarito que Ángel Rozas organizó un viaje a Bagadag, y que tú tenías que ir. Eso hay que escribirlo. Con pelos y señales, por supuesto. Saludos, JL

  2. […] reciente muerte de Ángel Rozas me ha hecho recordar un frustrado viaje a Bagdad en el que él tuvo mucho que […]


Los comentarios están cerrados.

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